Corría el 2007 y yo no tenía idea de que un DVD me iba a cambiar la vida. Iba en primero medio, un amigo se había conseguido el DVD de Rock in Rio y Death on the Road de Iron Maiden, y aunque a la banda la escuchaba desde siempre, verla en video era otra cosa completamente distinta.
Desde el primer tema, The Wicker Man, me voló la cabeza. La puesta en escena, la energía, la banda entera funcionando como una máquina.
Y ahí, en medio de todo eso, un detalle que me quedó grabado. Steve Harris, el bajista, llevaba un distintivo en su Fender Precision Bass. Un logotipo entre el blanco y el plateado del instrumento. Un escudo con un castillo y dos martillos cruzados.
¿Y eso?, me pregunté.
Tuve que llegar a mi casa a investigar. West Ham United, un club obrero del este de Londres, donde Steve Harris jugó apenas nueve meses. Nueve meses que lo marcaron para toda la vida. Sin saberlo, ese día me estaba pasando exactamente lo mismo a mí.
La rudeza como identidad
Era la edad justa. Uno anda buscándose, y en esa época yo me identificaba de lleno con el metal. Así que cuando me metí a leer sobre el West Ham, me llamó la atención lo mismo que me llamaba de la música, la rudeza. La historia del club, la actitud que se respiraba en los videos que encontraba por internet. Todo tenía una identidad brava, de barrio, sin poses. Más adelante lo terminé de confirmar viendo Green Street Hooligans.
Y había otra cosa que a esas alturas ya no podía ignorar. Yo iba camino a ser diseñador gráfico. El logo, los colores de la camiseta, ese escudo con el castillo y los martillos, me hablaban en un idioma que recién estaba aprendiendo a leer, pero que sentía como propio.
Durante años los seguí de lejos, muy casual. De vez en cuando miraba cómo iba el equipo. Me acuerdo incluso de cuando bajaron de categoría. Era un cariño que estaba ahí, esperando, aunque yo todavía no le pusiera nombre.
El fútbol vuelve, y con él, el club
Nos saltamos hasta el 2015. Después de mucho tiempo volví a jugar a la pelota, y no de a poco, tres veces a la semana. Con mi familia, con la gente de la empresa y con los Domingueros, un grupo al que me integró mi amigo Ismael. Con el fútbol de vuelta en las patas, volvió también la emoción por el fútbol en general. Fueron los años de las Copa América que ganó Chile, imposible no prenderse.
Fue ahí que sentí la necesidad de tener otro club. Uno que no fuera Colo-Colo, que es el que me ha acompañado toda la vida. Y claro, el West Ham siempre había estado ahí, esperándome. Así que lo retomé, pero esta vez con una promesa, iba a ser constante.
Y el momento no podía ser mejor. Habían llegado estrellas como Dimitri Payet y Andy Carroll, pero sobre todo se anunciaba el cambio de estadio y un proyecto enorme para subir el estatus del club, para meterlo entre los grandes. Así que ahí, recién ahí, empezó mi verdadera aventura. Compré mi primera camiseta, la del logo nuevo, y venía cargadita de esperanzas.
De ahí en adelante todos me ubicaban por lo mismo. Yo era el del West Ham. Ese era yo.
Las manos me picaban
Cuando uno ama algo, quiere compartirlo. Así que empecé a buscar gente que sintiera lo mismo, páginas con contenido en español. En Chile había una, pero tenía poco de profesional. Y yo, que para esos años ya estaba consolidado como diseñador gráfico, no podía evitar que la cabeza se me fuera sola. ¿Y si armo algo? ¿Una página? ¿Un grupo? ¿Qué subiría? ¿De qué hablaría? ¿Habrá gente realmente interesada en el West Ham acá en Chile?
No era una idea al aire. Yo ya había trabajado como community manager de un local con miles de interacciones. Tenía las herramientas, tenía los conocimientos acumulados de años. Me picaban las manos por crear algo profesional, algo hecho en serio.
El empujón final llegó el 2018, cuando anunciaron al ingeniero Manuel Pellegrini como entrenador. Un chileno dirigiendo al West Ham. Ahí ya no podía seguir teniendo todo guardado como un simple proyecto en mi cabeza. Había que hacer algo.
En un par de semanas ya tenía el logo diseñado y el proyecto más o menos planificado. Cómo quería que avanzara, hacia dónde apuntaba.
Y sin buscarlo, ahí estaban de nuevo. Los martillos cruzados. Los mismos que me habían detenido mirando el bajo de Steve Harris cuando tenía catorce años, ahora dibujados por mí, cruzados sobre el azul, la estrella y el rojo de la bandera chilena, dentro de un escudo granate y celeste. West Ham y Chile en una sola imagen. El círculo que había empezado en un DVD de Iron Maiden se cerraba en mi propia pantalla.
Y no voy a mentir, las dudas estaban ahí, dando vueltas. ¿A alguien le va a interesar de verdad esto? ¿Lograré algo o será una pérdida de tiempo? Me lo preguntaba harto. Pero al mismo tiempo había una satisfacción que le ganaba a todo, la de estar creando algo con las herramientas que mejor sé usar, y encima sobre algo que amo tanto como el West Ham United.
Ese día terminé el logo sin saber si alguien lo llegaría a ver alguna vez. Lo que vino después —cómo apareció el primero, y el segundo, y de a poco todos los demás, cómo esos martillos dejaron de ser un proyecto solitario en mi cabeza para convertirse en Chilean Hammers— es algo que merece contarse con calma.
Pero esa ya es otra historia.