¿Por qué uno se hace hincha de un club de fútbol? En mi opinión, si uno puede responder esa pregunta únicamente con argumentos racionales, entonces no es realmente hincha. Puede ser simpatizante, seguidor o simplemente sentir interés, pero no es lo mismo.
La pasión, al igual que el amor, debería ser algo que no puede explicarse solo mediante la razón. Igual que en una pareja, uno puede decir qué cosas le atraen o cautivan de la otra persona, qué fue lo que llamó su atención al principio, pero difícilmente puede explicar por qué la ama. Y creo que está bien que así sea, porque en el momento en que logramos racionalizar completamente un sentimiento, deja de ser precisamente eso: un sentimiento.
Teniendo esto en cuenta, me gustaría referirme al clásico argumento de que no tiene sentido, que es ridículo o incluso estúpido ser hincha de un equipo extranjero. Eso sí, no se malinterprete: no pretendo argumentar que sea racional ser hincha de un club de otro país. Mi punto es simplemente que es igual de tonto, ni más ni menos, que ser hincha de un club local o fanático de un grupo de música o cualquier otra cosa. Y, de paso, contar cómo terminé siendo hincha del West Ham United.
Lo que siempre me ha llamado la atención de esa crítica es que, para mí, no tiene mucho sentido circunscribir una pasión a los límites políticos de un país o de una región. ¿Por qué la forma en que, hace siglos, un grupo de personas decidió dividir el territorio debería determinar los sentimientos que uno puede desarrollar hoy? Es cierto que las naciones existen porque quienes las conforman comparten una historia, una cultura o ciertas tradiciones. Pero eso no significa que esas mismas personas no puedan encontrar afinidad, identificación o incluso un sentido de pertenencia con personas y comunidades situadas al otro lado del mundo.
¿Qué sentido tiene, entonces, que uno se emocione con la música de otros lugares? ¿Acaso no puede hacernos llorar la letra de una canción de rock en inglés? ¿Por qué hay gente que se conmueve con una pintura de Van Gogh o con una ópera? ¿Por qué hay poemas escritos a miles de kilómetros que se sienten como un puñal al corazón o como una bocanada de esperanza en un momento difícil? Mi intuición es que en todos esos elementos hay algo de uno mismo, algo propio y personal que encontramos allí, que nos hace conectar y, en última instancia, emocionarnos.
En el fútbol ocurre algo parecido. Por ejemplo, es común que un niño se vuelva hincha de un club siguiendo a su padre o a su abuelo. Lo que ese niño (y luego adulto) termina viendo en una camiseta no es solo un escudo o unos colores, sino también recuerdos personales. Encuentra allí una versión de sí mismo que ya no existe, pero que sigue atesorando en alguna parte.
En mi caso, esa camiseta terminó siendo la del West Ham United. Y, en línea con todo lo que acabo de decir, no puedo responder por qué. Lo único que puedo hacer es recordar algunos momentos que quedaron grabados en el camino. Uno de los primeros fue descubrir que Javier Margas había sido el primer jugador sudamericano en la historia del club. Otro fue conocer la historia de Bobby Moore. Después empecé a leer sobre los orígenes y, sin darme mucha cuenta, cada vez me sentía un poco más cercano. Había algo allí que me resultaba familiar y terminé haciendo lo que hacen todos los hinchas: empezar a ver los partidos los fines de semana.
Pero la conexión más genuina llegó cuando escuché con atención "I'm Forever Blowing Bubbles" por primera vez. La letra de esa canción y la forma en que todo el estadio la cantaba me pegaron muy fuerte.
…They fly so high, nearly reach the sky, then like my dreams they fade and die. Fortune's always hiding. I've looked everywhere. I'm forever blowing bubbles, pretty bubbles in the air.
«I'm Forever Blowing Bubbles» — himno del West Ham
Tuve la sensación de que había miles de personas cantando algo que, por alguna razón, también estaba hablando de mí. No porque compartiéramos un idioma, un barrio o una nacionalidad, sino porque compartíamos una forma de sentir.
Muchos años después tuve la fortuna de cantar esa misma canción en el London Stadium, viendo al equipo. Mientras sonaba, no sentí que estuviera visitando un club extranjero. Sentí que estaba donde tenía que estar y que ese equipo era, simplemente, mi equipo. A la gente a mi alrededor nunca la había visto. Probablemente nunca la volvería a ver. Pero durante esos minutos yo pertenecía allí.
Y para cerrar, quiero arriesgarme a decir que capaz no es tan ridículo ser fanático de algunas cosas, como un equipo de fútbol en este caso. Ver ganar a tu equipo un domingo puede alegrarte el día o la semana y, en el mundo actual, encontrar algo que nos haga genuinamente felices vale muchísimo. No son tantas las cosas que consiguen eso. Si el precio de sentir emociones es pasar por tonto, entonces démosle no más. No es tan grave.